Cómo crear un hábito y mantenerlo sin depender de la motivación
Hay días en los que querés hacer todo.
Entrenar, estudiar, leer, trabajar en tus proyectos, comer mejor, levantarte temprano.
Y hay otros días en los que simplemente no tenés ganas de hacer nada.
El problema aparece cuando construimos nuestros hábitos pensando solamente en la primera versión de nosotros mismos.
La motivada.
Porque esa versión no está todos los días.
La motivación cambia. Depende de cómo dormiste, de cómo fue tu día, de tu estado de ánimo, del trabajo, de las personas que te rodean y de muchas otras cosas que no siempre podés controlar.
Por eso, si un hábito depende de estar motivado, tarde o temprano se rompe.
Y está bien.
La solución no es intentar estar motivado todo el tiempo.
Es construir hábitos que puedan sobrevivir incluso cuando no lo estás.
Empezar más pequeño de lo que creés
Cuando queremos cambiar algo solemos exagerar.
Queremos empezar el gimnasio cinco veces por semana, estudiar dos horas todos los días, leer treinta páginas, tomar tres litros de agua y levantarnos a las seis de la mañana.
Todo al mismo tiempo.
Durante algunos días puede funcionar.
Después llega un día complicado y todo empieza a caerse.
Por eso muchas veces es mejor elegir pocas cosas.
Una.
Dos.
Tres hábitos que realmente importen.
Y hacerlos suficientemente simples como para poder empezar.
Si querés leer todos los días, quizás el hábito inicial no tenga que ser leer treinta páginas.
Puede ser leer cinco.
Si querés programar todos los días, quizás no necesites completar una feature entera.
Podés simplemente abrir el proyecto y trabajar quince minutos.
Parece poco.
Pero existe una diferencia enorme entre hacer poco y no hacer nada.
La acción puede aparecer antes que la motivación
Muchas veces pensamos:
“Cuando tenga ganas, lo hago.”
Pero también puede funcionar al revés.
Primero empezás.
Después aparecen las ganas.
Ponerte las zapatillas puede hacer que termines entrenando.
Abrir el proyecto puede convertirse en una hora programando.
Leer una página puede terminar siendo un capítulo.
No siempre necesitamos sentirnos preparados antes de actuar.
A veces la acción genera la motivación que estábamos esperando.
Tené una versión mínima del hábito
Un hábito debería tener una versión para los días buenos y otra para los días difíciles.
En un buen día quizás entrenás una hora.
En uno malo, hacés veinte minutos.
Quizás normalmente estudiás inglés una hora.
Pero un día estás cansado y solamente practicás diez minutos.
Eso también cuenta.
No porque diez minutos sean equivalentes a una hora, sino porque estás protegiendo algo más importante: la continuidad.
Tu versión mínima debería ser tan fácil que incluso en un día malo puedas decir:
“Bueno, al menos puedo hacer esto.”
Fallar un día no borra todo lo anterior
Una de las peores cosas que podemos hacer con nuestros hábitos es pensar en términos de todo o nada.
Entrenaste durante veinte días.
Un día no fuiste.
Entonces aparece ese pensamiento:
“Ya rompí la racha.”
Y muchas veces ese pensamiento termina convirtiendo un día sin entrenar en una semana sin entrenar.
Pero un día no borra los veinte anteriores.
Tu progreso sigue existiendo.
Fallaste un día.
Nada más.
La parte importante es lo que hacés después.
Volver también es constancia.
No necesitás una racha perfecta
Las rachas pueden ser útiles.
Ver muchos días completados seguidos puede motivarnos.
Pero también pueden convertirse en una presión innecesaria si creemos que perder una significa perder nuestro progreso.
La meta no debería ser construir un calendario perfecto.
La meta debería ser construir una vida en la que ese hábito aparezca una y otra vez.
Incluso después de desaparecer durante unos días.
Una persona constante no es necesariamente la persona que nunca falla.
También puede ser la persona que aprende a volver rápido.
No intentes cambiar toda tu vida en una semana
Agregar hábitos puede sentirse productivo.
Pero cada hábito nuevo ocupa tiempo, energía y atención.
Por eso más no siempre significa mejor.
Puede ser mucho más valioso mantener tres hábitos durante meses que empezar diez y abandonar todos después de dos semanas.
Elegí qué cosas realmente querés sostener.
Concentrate en ellas.
Después habrá tiempo para agregar otras.
Construí un sistema para tu peor día, no solamente para el mejor
Pensá en vos mismo durante un lunes perfecto.
Dormiste bien.
Tenés energía.
Estás motivado.
Probablemente puedas cumplir casi cualquier rutina.
Ahora pensá en un día completamente diferente.
Dormiste poco.
Trabajaste muchas horas.
Estás cansado.
No tenés ganas.
Ese es el día para el que debería estar preparado tu sistema.
Porque si tu hábito puede sobrevivir ahí, tiene muchas más posibilidades de quedarse con vos.
Constancia no significa perfección
Mantener un hábito durante mucho tiempo no consiste en completar todos los días perfectamente.
Consiste en seguir volviendo.
Hacer mucho cuando podés.
Hacer poco cuando no podés.
Descansar cuando lo necesitás.
Y continuar después.
Con el tiempo, esos pequeños días empiezan a acumularse.
Y cuando mirás hacia atrás descubrís que lo importante nunca fue aquel martes en el que no entrenaste, no estudiaste o no leíste.
Lo importante fue que el miércoles volviste.
Eso es lo que buscamos en Vunne.
No construir una versión perfecta de vos mismo.
Construir algo que puedas sostener en la vida real.
No perfecto. Solo constante.